Bienvenidos Hola, desde acá voy a dar mi visión de las cosas, con faltas de ortografía, sin intelectualismos dogmaticos ni pretensiones pseudo-intelectuales. Si le gusta bienvenidos sean y si no vayan a otro lugar que eso es lo maravilloso de todo esto. Vasos y Besos.

27.11.07

El más feroz pensador de la posmodernidad


EL SOCIOLOGO Y FILOSOFO FRANCES JEAN BAUDRILLARD MURIO AYER, A LOS 77 AÑOS
El más feroz pensador de la posmodernidad
Autor de La transparencia del mal y La guerra del Golfo no ha tenido lugar, entre otros textos, Baudrillard lanzó al mundo los diagnósticos más lúcidos, radicales y polémicos de nuestra época. “No soy pesimista, soy nihilista”, aclaraba.


Baudrillard, objeto de objeciones por izquierda y por derecha.
Subnotas
_. Un disparador de ideas

Desde hace más de un cuarto de siglo, ese hombre de mirada melancólica, anteojos gruesos, voz de barítono, solitario –de esos que hacen culto de la soledad como si estuvieran en una especie de santuario cerrado por melancolía–, nihilista confeso, acaso posnietzscheano y posmoderno a su pesar, lanzó al mundo los diagnósticos más lúcidos, radicales y polémicos de nuestra época. Su amplia como diversa producción intelectual le valió amores y odios por hablar de la muerte de las “masas”, por “negar” la existencia de la primera guerra del Golfo (1991) o por caracterizar los atentados del 11 de septiembre de 2001 como el “evento absoluto”. Jean Baudrillard, considerado “el sumo sacerdote de la posmodernidad”, murió ayer en París a los 77 años.
No se reconocía ni como filósofo ni como sociólogo; prefería presentarse en “sociedad” como un simple pensador. Pero para despejar los equívocos que también presupone ese barniz de superioridad, que a veces adquieren los oficios relacionados con distintas formas de merodear el pensamiento, aclaraba que no era un pensador “crónico”. Se definía como un outsider, el único integrante de una familia de campesinos que había conseguido emanciparse a través de los libros, y se proclamaba “alérgico a la Cultura, con mayúscula, desde el nacimiento”. Y defendía esa condición con orgullo. “Busco un punto de vista singular y para ello me sitúo en un islote de indiferencia, sin acción, sin ocupación, un exilio interior que puede implicar cierto aburrimiento. Pero se trata de eso, de resistirse a la ocupación perpetua de la vida”, decía. El filósofo y sociólogo francés fue, sin dudas, un feroz crítico (aún camuflándose como apólogo) de la sociedad de consumo y uno de los más controvertidos analistas de los fenómenos de la posmodernidad.
A Baudrillard no le gustaba que lo llamaran el sumo pontífice de la posmodernidad. “Antes de que cualquiera sea sumo sacerdote, habría que preguntarse si el posmodernismo o lo posmoderno tiene algún sentido. Es una expresión que no explica nada; todo lo que había que decir fue dicho antes de que el término existiera.” Su pensamiento, huidizo, transitó desde una primera instancia de proximidad marxista hacia una fase final tecno-prospectiva en la que teorizó sobre la “realidad virtual” como “desrealización” de la realidad. En el mundo posmoderno, advertía el filósofo y sociólogo, no hay realidad, no hay historia, sino un simulacro de la realidad y la negación de la historia. Los medios de comunicación son para Baudrillard los constructores ideológicos de la realidad virtual, de la ilusión radical que niega la realidad real mediante el ejercicio retórico de la “hiperrealidad”.
“El hombre está sumido en la virtualidad y atraviesa su espacio mental en un ordenador; virtual e inmóvil, hace el amor a través del ordenador y sus cursos los da por teleconferencias –explicaba el pensador francés–. Es como un motor con cerebro minusválido. La inteligencia artificial no es inteligente porque no tiene artificio. El verdadero artificio es el de un cuerpo con pasión, con signos de seducción, con una máscara en el rostro y que por esa razón llamamos espíritu. Y la virtualidad ha liquidado la carga de la cultura del pensamiento moderno.” En la “realidad virtual” no hay artificialidad –porque lo artificial copia o imita la realidad– sino un simulacro, donde la representación mediática precede y determina lo real y traza una nueva topografía del entorno percibido como realidad. Los medios, especialmente la televisión, van creando una red densa que envuelve al individuo a través de nuevas extensiones tecnológicas y de la ocupación progresiva del tiempo social. El silencio, observaba Baudrillard, está expulsado de la televisión. Los medios producen y producen mensajes, huyen del silencio saturando. El silencio es el cortocircuito del sistema, el vacío, la ruptura del cordón umbilical, de la prótesis o extensiones mecánicas de nuestros sentidos. El silencio se vence con el ruido continuo. Desde la perspectiva baudrillardiana, los medios son los encargados de transmitir esa dosis estratégica de actualidad “ruidosa” desvinculada de la historia. Los medios actúan como interlocutores casi únicos, como los constructores de los escenarios más convenientes. La guerra del Golfo, transmitida en directo, subrayaba Baudrillard, era la imagen de una guerra que, tal como fue narrada, no existió en realidad.
Sobre Loft Story, la versión francesa de Gran Hermano, Baudrillard opinaba que sustituía la dimensión histórica e ideológica por la banalidad absoluta. “Heidegger decía que el precipicio del que el hombre no será redimido es la banalidad. Estamos en ella. Nuestro objeto de contemplación y de deseo es la banalidad cotidiana: nuestro objeto sexual no es el sexo o el voyeurismo pornográfico, sino la curiosidad y la penetración en el santuario de la banalidad.” Cuando se lo acusaba de pesimista, él respondía que no veía el mundo con los ojos de un analista ni de un sociólogo, sino de forma conceptual. “No soy pesimista, soy nihilista”, aclaraba. “Planteo un modelo de aquello en lo que virtualmente el sistema se está convirtiendo y al analizarlo me gusta llegar hasta el límite. Y el límite siempre está rozando la desesperación”. El sistema, en opinión de Baudrillard, es nihilista. “Ha aniquilado todo, hace funcionar la nada. Soy nihilista porque pienso que el intelectual debe impulsar este proceso hasta el fondo, acelerar la circulación de la nada”.
Hijo único de una familia de campesinos analfabetos, Baudrillard nació en Reims, Francia, el 27 de julio de 1929. “Mis padres estaban fuera de la cultura y mi emancipación fue a través de los libros”, confesaba el autor de El sistema de los objetos, Las estrategias fatales, La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos, La guerra del Golfo no ha tenido lugar, La ilusión del fin. La huelga de los acontecimientos, De la seducción, América, El crimen perfecto y Cultura y simulacro, entre otros. Estudió filología germánica en La Sorbona de París y en 1966 presentó su tesis doctoral (Le sistème des objets) bajo la dirección de Henry Lefebvre, e inició su actividad docente en la Universidad París X, en Nanterre, donde tuvo un papel activo en los sucesos de Mayo del ’68.
El terrorismo, según Baudrillard, es una forma de ruptura consistente en inducir un exceso de realidad e intentar así que el sistema entre en crisis ante la quiebra ideológica de la estrategia virtual. “El derrumbe de las torres del World Trade Center es inimaginable, pero no basta para hacerlo real. Un suplemento de violencia no es suficiente para abrir la puerta de la realidad. Pues la realidad es un principio, y es este principio el que se ha perdido”, sostenía desde una óptica ciertamente controvertida. “El atentado correspondía a un desbordamiento del evento por encima de todos los modelos interpretativos; por el contrario esta guerra bestialmente militar y tecnológica (por Afganistán) corresponde a un desbordamiento del modelo sobre el evento, por ende a una apuesta fáctica y a un no-lugar. La guerra como prolongación de la ausencia de política por otros medios”, interpretaba Baudrillard, modificando la famosa cláusula de Clausewitz de que “la guerra es la política por otros medios”.
En su ensayo El espíritu del terrorismo, el pensador francés calificó a los ataques contra las torres gemelas como el “evento absoluto”. No se trataba de un choque de civilizaciones o de religiones, sino de la reacción “simbólica” a la continua expansión de un mundo basado únicamente en el intercambio comercial. Ni el espectro de Estados Unidos es el único lugar donde la globalización toma cuerpo ni el espectro del Islam es la corporización del terrorismo. Lo que constituye el 11 de septiembre como evento absoluto es que es el escenario donde la triunfante globalización combate contra sí misma y “las torres se caen por su propio peso”, afirmaba Baudrillard. “Se ha pretendido reducir el Islam a un asunto ideológico pero no tiene que ver con nada de eso. El Islam es la contrapartida más fuerte al sistema integrista de valores occidentales. Lo esencial es que hay que respetar la globalización y lo singular. El sistema occidental de valores humanistas universales es tan sólo una ilusión. Por eso somos tan víctimas como los otros”, señalaba el pensador.
En una de sus visitas a Buenos Aires, Baudrillard contó que después de haber escrito El complot del arte se puso en contra a todos los artistas, y que cuando publicó Olvidar a Foucault, se ganó el odio de buena parte de la intelectualidad francesa que, ironizando, proclamaba que había que “olvidar a Baudrillard”. En una conferencia en Londres, el escritor Mario Vargas Llosa se fue sin saludarlo y escribió un artículo sobre el pensador francés titulado “La hora de los charlatanes”. Más allá de las objeciones, que se le podrían hacer (por izquierda y derecha), para Baudrillard pensar era una forma de riesgo. “Me interesa descubrir las ambigüedades, los desequilibrios, toda esa parte maldita de la que hablaba Bataille. Mi pasión no es la de saber sino la de identificar la fragilidad de las cosas, la reversibilidad de la ilusión, las contradicciones de la existencia. Y la escritura y el lenguaje son una forma de jugar con eso, pero no la única”, decía. El tiempo, un “justiciero” siempre arbitrario, pero implacable, dirá si habrá que olvidar o no Baudrillard.

La historia del siglo




El más prestigioso historiador del siglo XX, Eric Hobsbawm, analiza el futuro de la democracia, en un mundo imperial. Al cabo de una vida de intensa militancia, reflexiona sobre la vigencia actual del marxismo. Su concepción de la Historia, las dificultades de una disciplina acechada por el escepticismo y el conformismo de la permanente especialización. Hoy, cuando cumple 90 años, reflexiona sobre el tiempo que pasó y el tiempo por vez.

Cuando cumplió 85 años, el historiador Eric Hobsbawm, el más reconocido intelectual marxista de la actualidad, publicó su autobiografía, Años interesantes. Para un especialista, interesado en sus aportes a la historiografía del siglo XX, quizás este libro no fuera más que una colorida guía por los modos en que él fue abordando cada cuestión —el siglo XX, la formación de la clase obrera, la tensión entre capitalismo y revolución—; una serie de curiosidades biográficas que definieron ciertos temas y una preferencia filosófica y política. Pero para todo lector apasionado por el mundo en que vivimos y por los ecos remotos de su pasado inmediato, la vida de Hobsbawm es una lectura preciosa, prácticamente única, en la que se conjugan la tragedia familiar y la construcción personal con los acontecimientos históricos que hicieron del siglo XX un tiempo terrible y hermoso, una "edad de los extremos". Una pieza comparable, en su valor literario y testimonial, a la autobiografía de Nina Berberova, a las memorias de Vladimir Nabokov o al conjunto que forman la novela G, de John Berger, y algunos de sus relatos breves.

Una importancia central que tiene la narración de la propia vida, en el caso de un lúcido observador y analista del siglo XX, es que él "estaba ahí". Nacido "en el año de la Revolución Rusa", estaba ahí cuando se desintegró el imperio británico —se desintegraron, al menos, los efectos simbólicos de ostentar el ejercicio del poder gubernamental en las colonias—, y sobre todo cuando el mundo decimonónico y sus valores cayeron derrotados a los pies de la "vida moderna" —los propios padres de Hobsbawm: un ciudadano británico y su joven esposa austríaca, miembros de la parte más cosmopolita de la comunidad judía de Viena, se vieron allí hundidos en la miseria—. Hobsbawm estaba ahí cuando subió Hitler al poder y cuando fue vencido. Cuando se desmoronó el Muro de Berlín y, con él, toda una era de "socialismo real". Hobsbawm estaba ahí, recorriendo Latinoamérica y siguiendo el rastro de sus movimientos insurreccionales justo en los años que van desde la revolución cubana al surgimiento de las guerrillas setentistas. Y estaba ahí viendo caer las Torres Gemelas de Manhattan, oyendo cómo Washington se declaraba "único protector de cierto orden mundial" y decretaba así la clausura del siglo XX. El 11 de septiembre de 2001, Hobsbawm estaba ahí, en una cama de hospital en Londres: "No existe lugar mejor que ése, lugar por excelencia de una víctima en cautiverio —escribió—, para reflexionar sobre el aluvión extraordinario de palabras e imágenes orwellianas que inunda a la prensa escrita y la televisión". Pero además, Hobsbawm —que hoy cumple 90, y todavía escribe artículos, publica libros y responde largas entrevistas telefónicas— sigue estando ahí. Desconfía de la perdurabilidad del imperio americano, señala las ingenuidades de la utopía altermundista, piensa que es preciso ser "un historiador escéptico" y, a la vez, esperar lo mejor del proyecto liberador del marxismo, al que sin dudas reivindica.

«p—En una entrevista en Libération decía que "hay que devolverle al marxismo su elemento mesiánico". A pesar de que el pensamiento político (sobre todo el marxismo) aspira a "salvar" a grandes porciones de la humanidad, la tendencia secular es a evitar el mesianismo. ¿La utopía marxista tiene aún una oportunidad mesiánica en este siglo?

«r—No en la forma en que creíamos en ella, es decir la de una economía planificada centralmente que prácticamente eliminaba el mercado, sino bajo la forma de un sistema deliberadamente orientado a incrementar la libertad humana y el desarrollo de las habilidades humanas. Creo que, así, el marxismo todavía tiene un campo de acción considerable.

«p—¿Y las utopías altermundistas?

«r—Lo positivo es que son anticapitalistas y han vuelto a plantear la cuestión de que el capitalismo en su totalidad debe ser criticado. Lo negativo es cierta falta de realismo. Respecto de la globalización, por ejemplo: se la puede controlar en parte pero no se puede decir que se la va a revertir. Veo varias utopías en el movimiento altermundista pero, por ahora, ninguna que sea universalmente aplicable como las aspiraciones socialistas de los siglos XIX y XX. Mucho del utopismo altermundista está más cerca de los viejos anarquistas, que decían: Acabemos con el capitalismo, acabemos con el régimen malvado y después, de alguna manera, todo resultará bien. Hay versiones políticamente más útiles: algunas ONG aprendieron a actuar globalmente y pueden ejercer verdadera presión en campos importantes como el ambiental.

«p—En su último libro, "Guerra y paz en el siglo XXI", afirma que la democracia está rodeada de retórica vacía: se ha convertido en un concepto incuestionable que, sin embargo, enmascara situaciones inaceptables de injusticia. ¿Sería posible recuperar un sentido auténtico de democracia? ¿Tendría sentido?

«r—La retórica vacía de la democracia sirve de justificación a las conquistas imperiales, pero la crítica principal a la democracia como retórica de propaganda es más amplia. En general se la usa para justificar las estructuras existentes de clase y poder: "Ustedes son el pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años. Y eso significa que nosotros, el gobierno, somos legítimos aun para los que no nos votaron. Hasta la próxima elección no es mucho lo que pueden hacer por sí mismos. Entretanto, nosotros los gobernamos porque representamos al pueblo y lo que hacemos es para bien de la nación". Una crítica: la democracia queda reducida a una participación ocasional en las elecciones, porque oficialmente en una democracia uno no está autorizado a emprender otras acciones políticas que no sean las legítimas y pacíficas.

«p—Varios politólogos franceses piensan mejorar la democracia fortaleciendo el debate institucional.

«r—Sí, pero mi objeción es mucho más amplia: no digo únicamente que la democracia no puede quedar reducida sólo a las elecciones, tampoco puede quedar reducida al debate. Lo que el pueblo hace y es debe influir en el gobierno, de formas variadas. Su influencia no puede quedar reducida a una forma particular de constitución. Por otra parte, muchos problemas del siglo XXI escapan al marco de los estados nacionales. La democracia existe sólo dentro de los estados nacionales así que, nos guste o no, tenemos que encontrar otras formas de abordar problemas globales. Es difícil de saber cuáles van a ser porque, hasta ahora, nada reemplazó a los estados.

«p—Cuando habla de "pueblo" piensa en movimientos sociales, los de Argentina, por ejemplo.

«r—Por supuesto. Cualquier movimiento es sumamente importante, siempre que el gobierno tome en cuenta la opinión del pueblo.

«p—Usted estudió la forma en que, históricamente, muchos movimientos perdieron eficacia al convertirse en usinas de clientelismo, usados por el populismo.

«r—"Populismo" es un término que se usa en sentido demasiado general. La mayoría piensa que el populismo está asociado a la derecha política pero también puede estar asociado a la izquierda o al centro. "Populismo" simplemente quiere decir gobiernos que tratan de hablar directamente con la gente; lo pueden hacer con diferentes propósitos. Perón era populista en un sentido y Chávez, en otro. No diría que necesariamente el populismo como tal debe ser aceptado por completo o rechazado. La esencia de la democracia es que el gobierno tiene que tomar en cuenta lo que el pueblo quiere y no quiere. No hay ningún mecanismo eficaz para hacerlo: el gobierno representativo no es muy eficaz. A veces funcionan mejor la prensa o los movimientos directos.

«p—¿Tiene futuro la "multitud" entendida como sujeto político, tal como piensa Toni Negri?

«r—Debo decirle que no soy un gran admirador de él. No tengo muy buena opinión de Negri. Y creo que el término "multitud" es demasiado general. Hay que definir qué se entiende por "multitud". Se la podría estructurar por clases, por nacionalidad o de otras formas, pero decir "multitud" no nos lleva muy lejos.

«p—El concepto de "clase social" también fue objetado (Philip Furbank lo atacó sociológica e históricamente). ¿En qué cifraría la importancia política del concepto de clase?

«r—Es un concepto que de hecho se mantiene. Cualquiera que analice resultados electorales verá que se los descompone por clase, sección y nivel de educación (hoy día esto también significa clase). Hoy la política no está dominada por movimientos conscientes de que representen una clase, pero eso no significa que la clase haya dejado de ser importante. Algunas clases son hoy menos relevantes (la clase industrial trabajadora) pero eso no quiere decir que las clases hayan dejado de existir. Es un gran error subestimar la importancia de la clase. Y es un gran error suponer que una clase representa a las otras.



«sEl Atlas y el mundo entero«r



"El 8 de febrero de 1929, a última hora de la tarde, al regresar de una de sus cada vez más desesperadas idas y vueltas a la ciudad en busca de dinero, fruto de su trabajo o de algún préstamo, mi padre cayó fulminado delante de la puerta principal de casa". Así narra Eric Hobsbawm el más directo impacto de la Depresión en su memoria de 12 años. Dos años después iba a morir su madre. Pero hasta entonces, la extrema vulnerabilidad en que se hallaba su familia le había resultado casi inadvertida. El primer indicio de "lo dura que era la situación" lo había tenido —cuenta— luego de mostrar la lista de libros que pedían sus profesores del secundario: entre ellos el costoso Atlas Kozenn. "¿Es absolutamente imprescindible que lo tengas?", se había alarmado su madre. El libro finalmente se compró, pero —escribe Hobsbawm—: "la sensación de que en esa ocasión se había hecho un sacrificio importante siempre me acompañó". En su biblioteca, Hobsbawm conserva el viejo Atlas Kozenn un poco maltrecho y lleno de dibujitos en los márgenes. Dice que todavía lo consulta. Su obra, que abarcó el mundo entero en transformaciones sucesivas, quizás haya sido una forma de reconocer el valor de aquel sacrificio.

Ese mundo, que de nuevo se transforma mientras avanza la globalización capitalista, no verá desaparecer las unidades políticas reconocibles. Por ahora, al menos —afirma Hobsbawm—, no verá desaparecer los Estados nacionales. "La globalización debilitó muchos poderes del Estado. Hay una tendencia a globalizar la economía, la ciencia, las comunicaciones, pero no a crear grandes organizaciones supranacionales. Muchos Estados son irrelevantes o existen en función de la globalización (viven del turismo o como paraísos fiscales), pero hay cinco o seis que determinan lo que pasa en el mundo, y otros, más chicos, son importantes porque imponen límites a la globalización. La globalización capitalista, por ejemplo, insistía en el libre movimiento de todos los factores de la producción —dinero, bienes—, sin restricción y por todo el mundo. Pero la mano de obra es un factor de la producción que no ha instaurado el libre movimiento, y una de las razones es política (los Estados no lo permiten porque podría crear enormes problemas políticos a nivel nacional). El Estado no está desapareciendo; coexiste con la globalización, o sea, con un puñado de corporaciones, pero no desaparece."

«p—El proyecto de Unión Europea, dice, es todavía dudoso. ¿Cuáles son los aspectos más dudosos?

«r—No hay una identidad europea. En la UE, las decisiones las toman los gobiernos nacionales; las elecciones, incluso las europeas, se llevan a cabo en términos de política nacional. La expansión de la UE a 27 Estados lo hace aún más evidente: no creo que tenga futuro como Estado federal único y, hasta que no lo tenga, no tendrá un electorado efectivo ni será la base efectiva de la democracia. Eso no quiere decir que sea una mala organización. Al contrario, parece buena.

«p—Una grandeza económica.

«r—Económica y algo más: ha logrado establecer ciertos patrones comunes en materia de leyes aceptadas como superiores a las leyes nacionales de los Estados. Quizá lo más cercano a una federación.

«p—La UE acaba de sancionar una ley que castiga a quien niegue el Holocausto. Usted estuvo en contra del juicio al historiador David Irving (acusado de negar la "solución final"): "La misma expresión —dijo— pertenece a una era en la que la condena moral reemplazó a la historiografía". ¿Qué opina de esta ley?

«r—No creo que se pueda establecer o negar la verdad histórica por medio de la legislación. Fue un error sancionar leyes que consideren un delito negar el Holocausto, y es un error de los franceses tratar de promulgar una ley sobre el genocidio de los armenios, y fue un error del gobierno de Chirac insistir en que hay que enseñar que el imperio francés fue positivo. Es la opinión general de los historiadores profesionales —no hace falta aclarar que difícilmente tengamos simpatía alguna por los nazis o la masacre de los armenios por los turcos. Sólo que ésa no es la manera de establecer la verdad.

«p—Usa un ejemplo futbolístico para señalar diferencias entre los EE.UU. y el antiguo imperio británico. ¿Le gusta el fútbol?

«r—No soy fanático pero todos somos parte de una cultura futbolística. Lo que digo es que hay un conflicto básico entre la lógica del mercado, una lógica global, y el hecho de que las emociones de la gente están atadas al equipo nacional. Por un lado, los clubes y la competencia entre los principales clubes de los principales países europeos son los que dan el dinero. Pero allí no hay nada nacional (como sabe, hubo un momento en que mi equipo, el Arsenal, no tenía prácticamente ningún jugador nacido en Inglaterra). Para estos grandes clubes, las selecciones nacionales son una distracción. No les gusta prestar a sus jugadores para que entrenen con sus selecciones. Pero las selecciones nacionales tienen que entrenar. Por lo tanto, para los clubes —empresas capitalistas, naturalmente— la selección nacional es una distracción y sin embargo no pueden prescindir de ella porque lo que mantiene al fútbol en funcionamiento es la competencia internacional.

«p—Esa distracción y las tensiones que plantea son un atractivo mayor. Los partidos no serían tan intensos si no estuvieran esas emociones en juego.

«r—Sí. Y en muchos sentidos, muchos países que antes no tenían identidad, como algunos de Africa, adquieren identidad a través de esto. Porque es más fácil imaginarse como parte de una gran unidad a través de once personas en una cancha que a través de abstracciones.

«p—¿Cómo influyen las emociones en su oficio de historiador?

«r—El historiador tiene que ser infinitamente curioso; tiene que poder imaginar las emociones de personas que no se le parecen. No se puede llegar al fondo de un período histórico si no se trata de averiguar cómo era. Alguien dijo una vez, muy acertadamente, que el pasado es otro país. Los historiadores son, de alguna manera, escritores, novelistas: tienen que imaginar pero no pueden inventar, deben guiarse por los hechos. Y el historiador tiene sus propios sentimientos pero ellos no deben interferir con las pruebas. En este sentido, el gran modelo es el francés Marc Bloch. No sólo era un maravilloso historiador: en su primer gran libro también imaginó una sociedad que creía que el rey estaba en contacto directo con el Cielo y que, por eso, la mano del rey podía curar sus males. Bloch tenía sus propias emociones, se unió a la Resistencia y murió a manos de los alemanes durante la Guerra. No era en absoluto una persona neutral.

«p—El historiador no inventa los hechos, pero descubre —en los textos, en los documentos, en el análisis— cosas que estaban allí y nadie había visto. "Descubrir" e "inventar" son palabras muy próximas, aun etimológicamente. Descubrir o inventar el Big Bang ¿no es lo mismo?

«r—Creo que los historiadores comienzan con ciertos problemas que surgen de cómo han sido criados, cómo piensan, etc. No llegan a la historia como cámaras que sólo filman (hasta las cámaras deben ser dirigidas hacia algo). Y además, los historiadores producen algo definitivo, permanente. No se pueden discutir las pruebas; sí las interpretaciones. Alguno cree que Elvis Presley no murió: está equivocado. Quien niega el Holocausto está equivocado. De allí partimos. Qué pien se usted de Elvis, cómo interpreta el Holocausto, hay infinitas discusiones posibles.

«p—¿Su concepción de la historia cambió en todos estos años?

«r—Básicamente no ha cambiado.

«p—Trabaja con el tiempo: ¿alguna vez pensó qué es el tiempo?

«r—Bueno, ahora pienso que tenemos que expandir nuestros horizontes por fuera de la vida humana. La humanidad abarca una pequeña porción de la historia del mundo, siguiendo patrones astronómicos o incluso geológicos. La agricultura se inventó hace quizá 10.000 años. Pero uno debe tratar de ver el cuadro completo. Uno de los grandes aciertos de Marx fue tratar de ver el desarrollo completo de la raza humana en perspectiva, desde que salió de las cavernas hasta el desarrollo de las sociedades. Eso no significa que uno no se pueda concentrar en períodos más breves. De hecho, uno debe hacerlo: los antropólogos solían entrenarse haciendo trabajo de campo sobre un determinado pueblo, y los historiadores se entrenan eligiendo determinado tema. Pero hoy el gran peligro de la historia es la excesiva especialización y que se enseñe la historia no como un progreso general de la especie humana sino como una serie de retazos elegidos según un criterio cualquiera. Y es muy importante que los historiadores se comuniquen, que escriban para que se los pueda entender, no sólo para otros especialistas.

POLEMICO "TRATADO DE ATEOLOGIA"


SOBRE DIOS

MICHEL ONFRAY, EL FILOSOFO FRANCES AUTOR DEL POLEMICO "TRATADO DE ATEOLOGIA"

—Dios es la proyección neurótica de la frustración ante nuestros límites: nosotros somos mortales, él, inmortal; nosotros, finitos, él, infinito; nosotros, imperfectos, él, perfecto... Sus sacerdotes administran esa neurosis en provecho de la casta dominante.


—Las religiones han teñido nuestra historia de violencia y muerte. El exterminio y la subordinación de los no creyentes ha sido un mandato cumplido por cristianos, judíos y mahometanos. Juzgue usted mismo esa historia y verá que Dios nos ha traído más muerte que vida.

— Pero los Evangelios...

—Hay 40 citas antisemitas en Marcos, 80 en Mateo y 30 en Juan. En los Hechos de los Apóstoles hay 140. Jesús afirma que los judíos tienen "al diablo por padre" (Juan VII; 44). ¿Por qué? Las Escrituras las redactan durante siglos múltiples escribas para servir a intereses políticos coyunturales. Por eso, con cualquier libro sagrado se puede defender por igual el amor o la guerra; una cosa y su contraria.

“¿Por qué no te callas?” o la colonialidad del poder


Por Boaventura de Sousa Santos *
“¿Por qué no te callas?” Esta frase, pronunciada por el rey de España dirigiéndose al presidente Hugo Chávez durante la XVII Cumbre Iberoamericana realizada en Chile el pasado 10 de noviembre, corre el riesgo de quedar en la historia de las relaciones internacionales como un símbolo cruelmente revelador de las cuentas por saldar entre las potencias ex colonizadoras y sus ex colonias. De hecho, nadie se imagina a un jefe de Estado europeo dirigiéndose públicamente en esos términos a un par europeo, cualesquiera fuesen las razones del primero para reaccionar ante las consideraciones del último. Como cualquier frase que interviene en el presente a partir de una larga historia no resuelta, esta frase es reveladora en diferentes niveles.
En primer lugar, revela la dualidad de criterios para evaluar qué es o no democrático. Está documentado el involucramiento del primer ministro de España de entonces, José María Aznar, en el golpe de Estado que en 2002 intentó derrocar a un presidente democráticamente electo, Hugo Chávez. Como a esa altura España presidía la Unión Europea, esta última no puede siquiera clamar su total inocencia. Para Chávez, al actuar de esta forma, Aznar se comportó como un fascista. Podría llegar hasta a cuestionarse la adecuación de este epíteto. Pero, ¿no hay tantas razones para defender las credenciales democráticas de Aznar, como hizo patéticamente Zapatero, como para denunciar el carácter antidemocrático de su injerencia? ¿Se haría lugar a la misma vehemente defensa si un presidente electo de un país europeo colaborase en un golpe de Estado para deponer a otro presidente europeo electo?

La dualidad de criterios tiene aún otra vertiente: la valoración de los factores externos que interfieren en el desarrollo de los países. En los primeros discursos de la Cumbre, Zapatero criticó a aquellos que invocan factores externos para encubrir su incapacidad para desarrollar a los países. Era una alusión a Chávez y su crítica al imperialismo norteamericano. Pueden criticarse los excesos de lenguaje de Chávez, pero no es posible hacer esta afirmación en Chile sin tener presente que allí, hace 34 años, un presidente democráticamente electo, Salvador Allende, fue depuesto y asesinado por un golpe de Estado orquestado por la CIA y Henry Kissinger. Tampoco es posible hacerlo sin tener presente que actualmente la CIA tiene en curso las mismas tácticas usando el mismo tipo de organizaciones de la “sociedad civil” para desestabilizar a la democracia venezolana.

Tanto Zapatero como el rey quedaron particularmente irritados por las críticas a las empresas multinacionales españolas (búsqueda desenfrenada de lucro e interferencia en la vida política de los países), realizadas en diferentes tonos por los presidentes de Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Argentina. Es decir, los presidentes legítimos de las ex colonias fueron mandados a callar pero, de hecho, no se callaron. Esta negación significa que estamos por entrar en un nuevo período histórico, un período poscolonial, teorizado, entre otros, por José Martí, Gandhi, Franz Fanon y Amílcar Cabral, y cuyas primicias políticas se deben a grandes líderes africanos como Kwame Nkrumah. Será un período duradero que se caracterizará por una fuerte afirmación de los países que se liberaron del colonialismo europeo en la vida internacional y se basará en la recusación de las dominaciones neocoloniales que han persistido más allá del final del período colonial. Esto explica por qué la frase del rey de España, destinada a aislar a Chávez, fue un tiro que salió por la culata. Por la misma razón se explican los sucesivos fracasos de la Unión Europea de aislar a Roberto Mugabe.

Pero, “¿por qué no te callas?” es todavía reveladora a otros niveles. Destaco tres. Primero, la desorientación de la izquierda europea, simbolizada por la indignación hueca de Zapatero, incapaz de darle cualquier uso creíble a la palabra “socialismo” e intentando desacreditar a aquellos que lo hacen. Puede cuestionarse al “socialismo del siglo XXI” –yo mismo tengo reservas y preocupaciones en relación con algunos desarrollos recientes en Venezuela–, pero la izquierda europea deberá tener la humildad para reaprender, con la ayuda de las izquierdas latinoamericanas, a pensar futuros poscapitalistas. Segundo, la frase espontánea del rey de España, seguida del acto insolente de abandonar la sala, mostró que la monarquía española pertenece más al pasado de España que a su futuro. Si, como escribió el editorialista de El País, el rey desempeñó su papel, es precisamente este papel el que más y más españoles ponen en cuestión, al abogar por el fin de la monarquía, en definitiva una herencia impuesta por el franquismo. Tercero, ¿dónde estuvieron Portugal y Brasil en esta Cumbre? Al mandar a callar a Chávez, el rey habló en familia. ¿Brasil y Portugal son parte de ella?

* Doctor en Sociología del Derecho (Universidad de Yale), catedrático de la Universidad de Coimbra (Portugal).